El pasado sábado día 23 de septiembre, a partir de las 13:00 horas se realizó por las calles del centro de la ciudad un recorrido homenaje a las víctimas de la represión franquista.
Éste fue el segundo acto del Homenaje a las Víctimas de Monte de Estépar que comenzó el viernes 22 con la obra de teatro “Exhumación. Materia Cruda”, de Pez Luna Teatro, y que concluirá el próximo sábado día 30 de septiembre con la presentación de los resultados de las campañas de exhumación y la reinhumación en el cementerio de Estépar de las 96 víctimas recuperadas.
RECORRIDO HOMENAJE
Este recorrido queremos que sirva de visibilización a la sociedad burgalesa de lo ocurrido en el Monte de Estépar y en tantos otros lugares tras la sublevación militar y el fallido golpe de Estado de julio de 1936.
Queremos que aquellos que no han podido o no han querido, puedan oír ahora cómo y por qué se llenaron tantas fosas de muerte.
Queremos mostrar esas fosas exhumadas a quienes nunca se han acercado a una porque creemos que es necesario, porque hemos visto, exhumación tras exhumación, el cambio que se produce en quienes ven las fosas abiertas y las personas arrojadas en su interior. Contemplarlas les hace entender la necesidad de los familiares de recuperar a sus allegados, comprender su dolor y conmoverse ante la injusticia y la brutalidad de estos asesinatos.
Este será, por tanto, un sendero de memoria en el que recuperamos los nombres y apellidos de las personas que fueron asesinadas en el Monte de Estépar. Identidades que la dictadura quiso relegar al olvido colectivo y que, afortunadamente, siguieron presentes en el recuerdo de sus familiares y de asociaciones y colectivos que han luchado durante años por la memoria, la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas del fascismo.
TEATRO CLUNIA
“A las cuatro de la mañana y en grupos de veinte fueron sacados e internados en una zanja abierta, a la salida del Penal, que era el lugar ya inveterado para las ejecuciones. Los fusileros, en número de cuarenta, se colocaron a ambos lados de la zanja y, desde allí, dominándoles, les acribillaron a balazos.
Recogidos los cadáveres de aquellos veinte, pasaron otros tantos que habían estado preparados y recogidos, cediendo el sitio a los restantes. Pasó el grupo, que por ser algo más numeroso, ofreció mayores dificultades. Los últimos ejecutados se colocaron pisando la sangre derramada por los anteriormente caídos”.
Queremos que este testimonio, recogido por Antonio Ruiz Vilaplana en su obra “Doy Fe”, sea el prólogo a este recorrido que se inicia en el Teatro Clunia. Nos hubiese gustado empezar desde la Prisión Central, donde ingresaron toda clase de personas consideradas afectas a la República o simplemente por mostrar su disidencia con el nuevo régimen autoritario, pero es mucha distancia y nos habría pasado factura. No obstante, este lugar no fue elegido al azar. Fue el antiguo penal y cárcel de mujeres durante el franquismo, por el que pasaron cientos de presos y presas políticas, y su alzado es idéntico testimonio de hacinamiento, hambre, dolor, torturas, lágrimas y muerte.
Este recorrido, a la luz del día, será un sendero de memoria en el que recuperamos los nombres yapellidos de las personas que fueron asesinadas en el Monte de Estépar. Identidades que la dictadura quiso relegar al olvido colectivo y que, afortunadamente, siguieron presentes en el recuerdo de sus familiares.
CAPITANÍA
La guarnición de Burgos, bajo el mando del general Domingo Batet, mantenía en 1936 su importancia histórica como sede del cuartel general de la VI División Orgánica, con jurisdicción sobre las provincias vascas, Navarra, Santander, Logroño y Palencia. En estos territorios se situaban unidades complementarias, entre otras, la brigada de infantería de Pamplona, bajo elmando del General Mola, subordinado inmediato del General Batet y uno de los más activos partícipes de la conjuración golpista.
El general Batet, nombrado jefe de la VI División a mediados de junio, detectó a su llegada un clima de insubordinación generalizado en los oficiales de la guarnición burgalesa, lo que le llevó a alertar al gobierno de la inminencia de un golpe militar. Incluso se entrevistó varias veces con Mola las semanas previas al levantamiento, llegando este a darle su “palabra de honor” de que no se sublevaría, mientras de forma paralela estaba cursando las últimas instrucciones para el golpe. La práctica la totalidad de los comandantes, tenientes coroneles y coroneles de las unidades de la plaza estaban comprometidos con el levantamiento.
En la misma mañana del 18 de julio de 1936, ninguno de los jefes de cuerpo de la guarnición de Burgos acudió a una reunión convocada por Batet en su despacho, motivada por las noticias de la sublevación de la guarnición marroquí. Batet ordenó poner una ametralladora en las puertas de este palacio, pero no tomó más precauciones por no creer que los acontecimientos de Marruecos “pudieran tener repercusión en las fuerzas bajo su mando”. Alrededor de la medianoche del 18, el general Batet fue arrestado en su propio despacho por el teniente coronel Aizpuru, tras negarse a unirse al “movimiento redentor de la patria”, alegando que el golpe era contrario a la legalidad y al gobierno establecido. Ya detenido por sus propios oficiales, Mola le comunica telefónicamente que ha declarado el estado de guerra en la región militar y que le ha destituido. A las tres de la madrugada Batet es conducido al cuartel de San Marcial junto a su ayudante Herrero Company. Posteriormente ambos serán trasladados al Penal, del que solo saldrán para ser fusilados en 1937.
Aproximadamente a las dos o tres de la madrugada del 18 de julio, las tropas salen de los cuarteles de la calle Vitoria al son de tambores y trompetas para proclamar el estado de guerra, y reforzadas por las milicias falangistas, cedistas, albiñanistas y requetés, (a las que el comandante Castillo había repartido armas y municiones), tomaron el gobierno civil y los demás centros oficiales. Desde esa misma madrugada, la represión comenzó a actuar, se asaltaron las sedes sociales de las organizaciones republicanas y de izquierda, así como los domicilios particulares y negocios de sus miembros más reconocidos. Los libros, publicaciones, banderas y pasquines de las diferentes organizaciones fueron amontonados en las calles y ardieron en hogueras. Se sucedieron las detenciones, las cárceles comienzan a llenarse de personas y no tardan en producirse los primeros asesinatos, las primeras desapariciones…
En la mañana del 19 de julio el general Fidel Dávila sale al balcón de este palacio para arengar a la multitud concentrada en la calle, proveniente en su mayoría de la misa solemne celebrada en la catedral. Dos días después, el 21 de julio será el general Mola quien, tras recibir al arzobispo Manuel de Castro, se dirija desde este mismo balcón a la muchedumbre que celebra su llegada a Burgos. Ya en octubre de 1936, el propio Franco ocupará este balcón tras tomar posesión en el salón principal del Palacio de Capitanía de la jefatura de Gobierno.
En julio de 2014 iniciamos la primera campaña de exhumación en el Monte de Estépar. Hoy, tres años después, nos encontramos frente al Palacio de Capitanía con cuatro fosas clandestinas y los restos de 96 cadáveres procedentes de las “sacas” de la Prisión Central de Burgos de la segunda mitad de 1936. Desde este edificio, constituido como una de las sedes, junto con la Diputación Provincial, de la Junta de Defensa Nacional por el general Mola y sede del Gobierno de Franco, salieron las órdenes de ejecución de cientos de personas encarceladas por no encajar en el régimen dictatorial. Un régimen caracterizado por el uso de una represión generalizada en forma de detenciones, torturas, violaciones, encarcelamientos, juicios sumarísimos, incautaciones, depuraciones, ejecuciones y asesinatos, y con la institucionalización de la violencia, el terror y la humillación.
“Las ejecuciones, sin formación de causa alguna, fueron numerosísimas. Cada noche, cada madrugada, eran sacados de sus celdas y entregados a los portadores de listas fatídicas varios desgraciados. Los designados montaban, esposados de dos en dos en los autobuses preparados y, en siniestra peregrinación, eran conducidos al lugar de ejecución”.
De esta manera Ruiz Vilaplana narra una práctica tristemente rutinaria en los primeros meses que siguieron al golpe militar, y que dejó casi 800 víctimas, a las que hay que añadir aquellas que fueron “paseadas”, es decir, detenidas ilegalmente y asesinadas sin pasar por prisión.
Este régimen de coerción tuvo en la Iglesia Católica un férreo pilar. Desde los púlpitos se enaltecía la venganza y exterminio de los enemigos de Dios y de España, es decir, anarquistas, comunistas, socialistas y cualquier persona librepensadora. Este odio tan exacerbado era arrojado en los sermones dominicales:
“¡Vosotros! Vosotros que os llamabais cristianos tenéis la culpa de muchas cosas. Habéis convivido, tolerado,dado trabajo al obrero sindicado en sociedades enemigas de la Religión y de la Patria; habéis desoído nuestras advertencias y tratado con judíos y masones, con ateos y renegados, contribuyendo a dar pujanza a las logias que nos habían de hundir en el caos.
¡Aprovechad esta trágica lección! Debéis ser, debemos todos ser, para ellos, como el agua y el fuego… Ni un punto de contacto… ni perdón para los criminales destructores de iglesias y asesinos de prelados y sacerdotes virtuosos… Que no quede entre nosotros ni aun la semilla, la mala semilla, que es siembra del diablo. ¡Los hijos del demonio son también enemigos de Dios!…”. (Párroco iglesia de la Merced).
“No podemos, no debemos, ni conviviremos jamás con el socialista impío, ni con el liberal, que ha manchado sus manos con tanta sangre y tanto crimen… ¡Guerra a sangre y fuego! Que no haya tregua ni cuartel hasta que la victoria de la Religión y del Orden no se realice plenamente. La sangre de tantos hermanos nuestros sacrificados, martirizados bárbaramente, nos lo exige demanda…”.
De esta manera, con la imposición de los dos baluartes del nacional-catolicismo, la represión llegó a todos los ámbitos, públicos y privados, como una mancha de aceite que se extiende manchando todo lo que toca. Burgos se convirtió en la “Capital de la Cruzada” franquista, cuya impronta aún permanece en calles, edificios, estatuas y honores a viejas glorias reaccionarias.
PLAZA MAYOR
“La madrugada del 19 de julio los legionarios de Albiñana arriaron la bandera republicana del edificio del ayuntamiento, la pisaron y la escupieron y al final la quemaron entre los acordes de la marcha real. Luego colocaron la bandera bicolor que fue saludada con disparos. Desde la Plaza Mayor la multitud se dirigió a la catedral entonando el Cara al Sol, en el templo se cantó una salve mientras las campanas tocaban incesantemente y al salir muchos balcones del Espolón lucían ya banderas bicolores”. ( Luis Castro, Capital de la Cruzada. Burgos durante la Guerra Civil).
Este recorrido que hoy hacemos y el resto de los actos de estos días queremos que sean un homenaje a las 96 personas que hemos recuperado de las fosas de Estépar y que reinhumaremos el próximo sábado, pero también queremos que sean un homenaje para todas aquellas que no hemos encontrado y que sabemos que estaban allí, y cuyos nombres, más de 300, están escritos en esta pancarta. Otras tantas personas se sospecha que podrían haber sido asesinadas y desaparecidas allí, pero no se tiene certeza de sus nombres, para ellas también es este acto, que, igualmente, hacemos extensivo a todos los represaliados y represaliadas por el franquismo, en cualquier lugar y bajo cualquier modalidad de represión.
El Monte de Estépar, a pesar de ser uno de los más representativos de la represión en nuestra provincia, ha sido, no solo olvidado, sino maltratado durante décadas. De allí se ha extraído arena, incluso en lugares en los que aparecían restos humanos; se ha utilizado como vertedero hasta hace tan solo unos años, y, por último, se ha enterrado todo el paraje bajo toneladas de tierra proveniente de las obras del AVE.
Tierra una y otra vez removida, sin ningún respeto por el monte y lo que significa. Y es que ese lugar, como tantos otros en nuestra geografía, es un lugar de memoria. Lo es porque cientos de personas yacen aún allí. Porque cada rincón del monte contiene el miedo, el dolor, la angustia y, sobre todo, la dignidad y la valentía de unas personas a las que hoy, no solo homenajeamos, sino que también reivindicamos.
Por eso acabamos este recorrido aquí, en la Plaza Mayor, lugar de encuentro de la ciudad, porque la sociedad y las instituciones han olvidado a estos hombres y mujeres que no fueron asesinados por casualidad, sino porque tenían el deseo de cambiar la sociedad, de mejorarla para todos, de hacerla más libre, más justa, más solidaria.
Los motivos por los que fueron asesinadas forman parte de nuestra vida cotidiana: pertenecer a un sindicato, a un partido político, no ir a misa, luchar por la mejora de las condiciones de trabajo y de vida, por la emancipación de la mujer, hacer pública una opinión, educar en igualdad.
Deberían ser referentes para la sociedad, deberíamos reconocer su labor y su valentía, y sin embargo, la represión continúa en las palabras de aquellos que dicen que recuperar sus cuerpos es reabrir heridas.
Queremos reivindicar y visibilizar a estas personas, apresadas sin haber cometido crimen alguno, asesinadas cobardemente sin juicio ni condena previa en la oscuridad de la madrugada.
Nos privaron a todos de sus ideas, de su espíritu, de su calidad humana, dejándonos a cambio una España llena de dogmas y miedos, de imposiciones y de crimen, de corrupción y de opresión, de la que aún no nos hemos recuperado.
Es hora de conocer y reconocer la labor de las personas asesinadas por el franquismo, la injusticia de sus muertes, el sufrimiento de sus familias y la dignidad de su lucha.
Quisieron hacer desaparecer vuestros cuerpos y vuestros nombres en un paraje apartado bajo capas de tierra y cal, quisieron condenaros al olvido.
Afortunadamente, no lo consiguieron. Nunca os olvidaron, nunca os olvidamos. Aquí estamos, tras ocho décadas, reivindicando vuestra memoria y la de todas aquellas personas que sufrieron el horror de la dictadura y la vergüenza de todos estos años de silencio.
“¡Llanos de Estépar!… Muchos atardeceres he ido para llorar en silencio por mi amigo Antonio José, yacente en tus entrañas… Pensaba en él y le veía impotente, solo, acobardado entre las fieras que le dieron muerte… Y he prometido obtener que en tu suelo trágico se eleve un día un sencillo monumento a la memoria de Antonio José y de todos los mártires que reposan en tu seno… No habrá en su inauguración desfiles militares, ni discursos y charangas patrioteras… sólo hombres y mujeres del pueblo y un orfeón popular, un orfeón de obreros y campesinos, como aquel que había creado en Burgos y que, con lágrimas en los ojos y firmeza en el corazón, repetirá la tonada que a él tanto emocionaba: Ya se van los pastores, ya se van marchando… ¡Más de cuatro zagalas quedan llorando!…”. (Antonio Ruiz Vilaplana, Doy Fe…).